
No sería necesario remontarse al mundo de Da Vinci y de otros grandes eruditos del Renacimiento - basta con desandar unas escasas décadas - para entender la increíble evolución tecnológica que alberga esta era digital de nuestro mundo de comienzos del siglo XXI. Como consecuencia, las oportunidades de desarrollo del conocimiento de la Humanidad crecen de forma exponencial como jamás antes se había imaginado. Vivimos en un mundo digital que no descansa en cuanto al flujo de información y datos que genera. Da vértigo. El impacto de la tecnología ha revolucionado las transacciones comerciales, los transportes, los medios de comunicación ... Y, cómo no, también la forma de enseñar y de aprender.
El saber enciclopédico hace tiempo que quedó atrás. Los más jóvenes - y los no tanto - acuden a la llamada red de redes para alimentar, de forma fugaz y sin pedir permiso, su ávida curiosidad; no hay tiempo que perder ni barrera insoslayable. A su encuentro salen multitud de enseñantes - a veces reputados, y otras, las más, insignes anónimos - los cuales ofrecen gratuitamente saberes y experiencias de todo tipo: desde cómo cambiar una pila a un mando a distancia, o cómo cocinar el suculento plato que me preparaba con tanto mimo mi entrañable abuela, hasta qué entender sobre los más modernos fundamentos de la teoría de cuerdas de la física actual a nivel de un ciudadanito de a pie, como el que esto escribe.

Los profesores de español algo sabemos de estas cosas (modestia aparte). Guiados por el "Marco Común Europeo de Referencia para las lenguas" (MCER) y, más concretamente, por el Plan Curricular del Instituto Cervantes (PCIC), hace tiempo que intentamos optimizar nuestros esfuerzos y desempeño en clase, apoyándonos en la tecnología como compañera indispensable de viaje. En nuestra decidida vocación por ofrecer a nuestros alumnos "extranjeros" la mejor enseñanza posible - diríamos que esto es cuando alguien facilita recursos a otro alguien, alentándole a creer en sus capacidades para aprender por su cuenta y desarrollarse, más allá de un contexto formal de clase - nos planteamos cómo extraer del amplio abanico a nuestro alcance de las modernamente denominadas TICs, el mejor de los provechos para tan magno fin.

Una pequeña pantalla de cristal que cabe en un bolsillo, acoge a un maravilloso y gratuito universo de conocimiento en constante expansión y ebullición al servicio del aula: vídeos, tutoriales, documentos, audios, imágenes, blogs, aplicaciones, juegos educativos, cursos de todo tipo y, por supuesto, carpetovetónicos diccionarios y manuales de consulta. Bien es cierto que ante la impresionante presentación de contenidos, los docentes tenemos la obligación de orientar a nuestros alumnos a seleccionar con criterio, ya que estos van a encontrarse con
recursazos, recursos, recursillos y recursascos. En cualquier caso, es un gran menú - por más que algunos platos sean algo incomestibles - ya que, como diría el profesor y lingüista Daniel Cassany, vivir en esta sociedad digital no deja de ser un ejercicio de libertad de expresión donde todo el mundo puede subir algo si le apetece; y eso está muy bien (para muestra, un botón).
Una última reflexión por hoy se dirigiría a las incuestionables bondades de la formación en línea. Al amparo de los últimos avances de las plataformas de contenidos educativos, asistimos a lo que muchos consideramos una revolución sin precedentes: la universalidad de la enseñanza.
Millones de seres humanos aprendiendo al mismo tiempo, compartiendo conocimiento, retroalimentándose en sus aprendizajes, experiencias y avances, incentivando sus curiosidades mutuamente, evolucionando juntos sin importar las barreras físicas de hace alguna década (es decir, antaño). !Qué maravilla! Bienvenidos, profesores 3.0.